La Marca de la Bestia 666


«Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre... Y su número es seiscientos sesenta y seis» (Apocalipsis 13:16-18).

¡666! ¡La Marca de la Bestia! Casi todo el mundo ha oído hablar de esta profecía, según la cual en los postreros días nadie podrá comprar ni vender a menos que lleve «la marca del Diablo». Nuestra generación es la primera de la Historia tecnológicamente capaz de llevar a efecto esta visión profética de una economía no basada en el papel moneda. Cada artículo que se expende en este supermercado lleva impreso su propio código de barras.

Es curioso que este sistema de codificación de mercancía tenga tres barras no numeradas ligeramente más largas que las demás: una al extremo izquierdo, otra en el centro y la última al extremo derecho. En contraste, las otras barras tienen asignado un número. Pero analicemos esta línea en particular. Veremos que corresponde al número seis y que es exactamente igual a las tres líneas no numeradas, a las cuales por deducción, también les tocaría el número seis. Esto en esencia quiere decir que todo artículo estampado con el código de barras ya lleva impreso el 666.

Este método de codificación no es más que un precursor de otras técnicas más avanzadas que se vienen desarrollando y que nos conducen vertiginosamente hacia una economía global automatizada descrita en el capítulo 13 del Apocalipsis.

En este supermercado se aceptan tres modalidades de pago: puedo cancelar con dinero en efectivo, con cheque, o con tarjeta de crédito.

Otra cosa que se promueve mucho hoy en día es la tarjeta de crédito automático. Cuando presento en caja esta tarjeta, la empleada la pasa por un explorador electrónico interconectado a mi banco. En cuestión de segundos el importe se deduce de mi cuenta y se acredita a la de la tienda.

La tarjeta de crédito automático ya se ha introducido en muchos países tiene buena acogida entre comerciantes, bancos y consumidores.

También existen las tarjetas inteligentes, o de cajero automático, que tienen instalado un microchip. Muchos habremos oído hablar de estos prodigiosos dispositivos electrónicos que no solo permiten acceso a cuentas bancarias, sino que además contienen nuestra identificación, historia clínica, carnet de conducir, fotografías, datos requeridos por la asistencia social y toda suerte de información. Estas tarjetas se encuentran ya en etapa experimental en varios países.

A la luz de todo esto, no hay que ser mago para adivinar que el dinero en efectivo tiene los días contados. Es que hay razones poderosas por las que conviene que desaparezca. Los pagos en metálico hacen posibles los negocios turbios de los narcotraficantes, quienes muchas veces llenan maletas enteras en una sola transacción. No habiendo papel moneda, cesaría por completo la venta ilegal de estupefacientes. Es más, se eliminaría buena parte de las actividades delictivas, desde un simple robo hasta el terrorismo. Además sería una suerte de panacea para muchos de los gravísimos males económicos y sociales que aquejan al mundo. No es de extrañar entonces que muchos gobiernos propugnen con inusitado entusiasmo el establecimiento de una sociedad sin dinero.

Pero antes de suprimir el efectivo, los cheques y las tarjetas de crédito (gracias), es imperativo desarrollar un sistema de identificación a prueba de error que garantice que quien presente una tarjeta para realizar una transacción sea el titular de la misma.

Ya se han perfeccionado varios sistemas de filiación muy seguros, como este lector de huellas digitales. El único problema que presentan estos aparatos es su alto costo. Para organizar una sociedad en la que ya no se use dinero, tendría que haber uno de estos artefactos en cada pequeña tienda y comercio.

Como decíamos, cada una de estas terminales de identificación cuesta miles y miles de dólares; en cambio los microcircuitos que contienen las tarjetas electrónicas de plástico no valen sino unos dólares. Ahora bien, supongamos que en lugar de instalar el chip en la tarjeta se le implanta a su dueño debajo de la piel.

Una vez implantado, el chip puede ser leído por un scanner muy económico parecido al del supermercado. ¡De aplicarse esa técnica, usted mismo suplantaría la tarjeta electrónica, con lo que se ahorraría el costoso proceso de determinar que el portador de la misma es, en efecto, su titular.

Hoy por hoy las técnicas para efectuar una implantación de tales características no solo existen, sino que se están ensayando ya en muchas partes del mundo. El ministerio de salud de los Estados Unidos afirma que en Washington y otras ciudades ya se está probando a gran escala el plan de identificación Microdot. Una micropastilla del tamaño de la cabeza de un alfiler, que cuesta menos de 25 centavos de dólar, se inyecta 5 ó 6 milímetros debajo de la piel. Ésta se activa con un escáner portátil y facilita la plena identificación de la persona que la lleva implantada.

Como se ve, el camino ya está allanado para la introducción de la Marca de la Bestia. Tanto la tecnología como la plena aceptación de ésta por parte del público se están plasmando. Casi todos los días oímos hablar del Nuevo Orden Internacional o de la Aldea Global. Paulatinamente la opinión pública va interiorizando estos conceptos. Mientras tanto, el mundo va rumbo a un sistema económico y político internacionalista desprovisto de dinero en efectivo; una sociedad controlada por un banco de datos electrónico que cubre todo el orbe, rastrea a cada hombre, mujer y niño, y registra dónde cruza fronteras y cuándo compra o vende algo. Es decir, ¡una sociedad igual a la presagiada en el capítulo 13 del Apocalipsis hace casi 2000 años!

«Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro... Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos...» (Apocalipsis 14:9,10).

Este castigo puede parecer muy severo, por el solo hecho de aceptar una marca que permita la compra de víveres. Sin embargo, esta profecía indica que hacerse colocar la Marca de la Bestia no es una decisión meramente económica, sino que equivale a aceptar y rendir culto al Anticristo —un hombre poseído por Satanás— y supone una declaración de lealtad a su régimen mundialista antidiós.


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