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Érase
una vez en un país lejano un magnífico palacio donde vivían dichosos
un rey y una reina con su hijo. Los tres se querían mucho y lo pasaban
de maravilla juntos. El rey y la reina tenían mucho amor por el príncipe,
y éste por ellos.
Dijo cierto día el padre:
Hijo, voy a encargarte una misión muy importante que sólo
tú puedes realizar.
Padre repuso el príncipe, te quiero tanto que haré
cualquier cosa que me pidas.
Deseo
que vayas al pueblo que hay al otro lado de las montañas y lleves a
la gente de allí el amor y la alegría de que gozamos en nuestro palacio.
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Al
oír las palabras de su padre, el muchacho en un principio se entristeció,
pues no quería dejar el palacio, donde era muy feliz. Sin embargo, el
rey le prometió que podría regresar, y que al volver su felicidad sería
aún mayor. Cuando el príncipe se disponía a marcharse, su padre lo abrazó
y le puso la mano sobre el corazón, diciéndole:
Ahora que vas a partir, te concedo un poder mágico para transformar
el corazón de las personas. Además, todo aquel a quien se lo entregues
también podrá cambiar corazones. |
El
príncipe emprendió camino hacia la aldea situada del otro lado de las
montañas. Allí encontró muchos niños, que reían, jugaban y parecían
divertirse juntos. Pero después de observarlos y conversar con ellos,
llegó a conocerlos mejor, y se dio cuenta de que en el fondo de su corazón
tenían miedo. Aunque daban la impresión de ser felices, había en ellos
cierto temor. |
El
príncipe reunió a sus nuevos amigos y comenzó a relatarles cómo eran
sus padres y su palacio. Les habló de lo bien que lo pasaba allí, de
las cosas tan interesantes que hacía y del gran amor que todos se tenían.
Les dijo que un día ellos también podrían ir al palacio y disfrutar
de sus maravillas.
Algunos no le creyeron.
¡Bah!
¡Cuentos! le decían. ¡Ese sitio no existe! ¡No puede ser
verdad! No tienes pinta de príncipe. Eres como cualquiera de nosotros.
No querían escuchar al príncipe y se burlaban de él. Otros, sin embargo,
sí le hicieron caso. Aunque nunca habían conocido un rey ni una reina
ni un palacio de ensueño, prestaron atención a lo que les decía aquel
joven. |
 Al
ver el príncipe quiénes eran los que creían en sus palabras, les pidió
que se acercaran. Luego le puso la mano en el pecho a cada uno diciendo:
Mi padre me dio un poder mágico para transformar tu corazón. Como
has creído mis palabras, te pongo la mano en el pecho y te concedo ese
poder. Ahora tú también podrás cambiar corazones.
Cuando recibían el poder, desaparecía el temor que llevaban dentro.
Dejaban de tener miedo. Se sentían contentos y felices, con ganas de
ser buenos y amar a los demás, todo gracias a las palabras de su nuevo
amigo. |
Llegó el momento de que
el joven príncipe volviera a su palacio. Llamó entonces a los que le
habían creído y habían recibido su poder mágico:
Cuenten a todas las personas que vean la historia del rey, la
reina y su hijo, el gran palacio y la alegría que allí hay. Explíquenles
que si creen las palabras de ustedes y reciben este poder mágico de
transformar corazones, podrán ir a vivir para siempre al palacio, igual
que ustedes.
El príncipe regresó a su casa y sus amigos empezaron a hablar con todos
los niños que se encontraban. Les contaban la historia del rey, la reina,
el príncipe y el palacio. Quienes les creían recibían muy contentos
el poder mágico.
¿A ti también te gustaría recibirlo? Ese poder es el Amor, el Amor de
Dios. El rey es Dios, y el príncipe, Su Hijo Jesús. El palacio es el
Cielo, un lugar sensacional. ¿Entiendes ahora este cuento? El Padre
Dios te quiere mucho, y Su Hijo Jesús también. Si crees
en Dios, en Su Hijo Jesús y en Su amor por ti, ¡tú también recibirás
ese poder y vivirás para siempre en el maravilloso y espléndido palacio
del Cielo!
Para mostrar que crees, no tienes más que hablar con Dios, el Rey. Dile
ahora mismo en tu corazón: «Te doy gracias, Dios, por enviar a Tu Hijo
Jesús para darme a conocer Tu Amor. Lo recibo con los brazos abiertos.
Quiero vivir por siempre contigo en Tu palacio celestial. Perdóname
todas las cosas malas que he hecho. A partir de ahora, ayúdame a emplear
el poder mágico, el Amor de Jesús, para hacer el bien y amar a los demás.
¡Amén!»
Si haces esa oración, si dices esas palabras, Jesús entrará a tu corazón
y tu vida y nunca te dejará. Un día te irás a vivir para siempre al
palacio celestial del Rey, la Reina y Su Hijo Jesús, tu amigo. |
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