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¡UNA AYUDA DEL CIELO!

 


Quique y Anita estaban pasando un día de maravilla. Sus padres los habían llevado al  campo. Cuando las dos familias terminaron su delicioso almuerzo, Quique pidió permiso para ir a jugar con Anita a un prado que quedaba por ahí cerca.

—Claro que pueden ir —le dijo su padre—, pero no se alejen mucho.

—Ni se acerquen demasiado al lago —les advirtió la madre de Anita.

Al poco rato Anita y Quique estaban pasándolo tan bien, correteando y dando brincos por el prado, que olvidaron las recomendaciones de sus padres ¡y se alejaron mucho más de lo debido!

—Anita, tengo una idea —exclamó Quique—. ¡Juguemos a las escondidas!

—¡Qué divertido, Quique! —se apresuró a decir Ana—. ¡Yo me esconderé primero!

—¡De acuerdo! —dijo él, al tiempo que cerraba los ojos y empezaba a contar en voz alta lo más rápido posible.

—¡No hagas trampa, Quique! —le advirtió Anita, que corrió a ocultarse detrás de un matorral cercano.

Poco después Quique gritó:

—¡Listo! ¡Allá voy!

Y en cuestión de uno o dos minutos, ya había encontrado a la sorprendida Anita.

Enseguida le tocó cerrar los ojos a Anita, mientras Quique corría y se ocultaba. Terminó, pues, de contar, y buscó a su alrededor, ¡pero Quique no aparecía por ninguna parte! Después de buscarlo más de diez minutos, se dio por vencida y lo llamó:

—¡Quique, sal de donde estés, me rindo! ¡No te encuentro!

Quique asomó entonces la cabeza por detrás de unos árboles distantes, riendo a carcajadas.

—¡Quique, así no vale, te fuiste demasiado lejos! —se quejó Anita.

—¡Pues nadie dijo hasta dónde podíamos ir a escondernos! —fue la respuesta.

—Bueno, Quique —dijo Anita—, ahora me toca esconderme a mí otra vez.

Apenas empezó Quique la cuenta, Ana salió corriendo tan rápido como se lo permitían las piernas. Fue derecho al lago cercano y bordeó la orilla hasta desaparecer tras los árboles que había al otro lado. Siguió corriendo, internándose en el espeso bosque, cada vez más lejos, hasta que por fin, cansada ya y sin aliento, se sentó sobre un gran tronco cortado y dijo para sí: «¡Ja! ¡Aquí sí que no me encontrará Quique!»

Mientras descansaba, se puso a observar el bosque que la rodeaba y se quedó maravillada de su belleza. Notó que la alfombra de hierba y musgo estaba cubierta de florecillas multicolores. «¡Uy, qué lindo! ¡Recogeré unas cuantas para llevárselas a mamá!», se dijo. Se incorporó rapidito y se puso a arrancar alegremente flores silvestres.

Tanto se entusiasmó recogiendo flores que olvidó por completo el juego de las escondidas. Sin embargo, al cabo de un rato, cuando ya había recogido más flores bonitas de las que podía llevar, de pronto pensó en Quique y el juego de las escondidas. Se dijo: «Ay, será mejor que vuelva a la orilla del lago». Miró a su alrededor, pero ya no recordaba por dónde había venido. Todos los árboles y arbustos que rodeaban el tronco parecían idénticos.

«Quizá vine por allí —se dijo—. Si es así, en pocos minutos encontraré el lago. Voy a ver.» Corrió unos minutos por el bosque, pero el lago seguía sin aparecer.

«Será mejor que vuelva al tronco —pensó—. Desde allí buscaré el lago por otro lado.» La pobrecita vagó y vagó por el bosque, pero ¡no pudo hallar el tronco por ninguna parte!

«¡Uy, me he perdido!» Miró a su alrededor. El bosque ya no se veía tan bonito como al principio. Le entró miedo. Se detuvo un instante, y le pareció percibir a lo lejos el sonido de algo que se movía. «¿Habrá por aquí animales peligrosos? —se preguntó—. ¡Tengo que volver donde Quique y mis padres!»

Echó a correr lo más rápido que pudo, con la esperanza de toparse con el lago. Pero al rato se detuvo, comprendiendo que estaba más perdida que nunca y que tal vez se estaba alejando del lago en lugar de acercarse. Llamó a su amigo, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Quique! ¡Quique!

Pero sólo le respondió el silencio.

Temblando de miedo y entristecida, la pobre Anita dejó caer las flores, se echó de rodillas y rompió a llorar. Se sintió solita y atemorizada. Una brisa fresca agitó el follaje del bosque y se dio cuenta de que empezaba a atardecer. «¡Ay! ¿Qué va a ser de mí si nadie me encuentra y tengo que pasarme toda la noche aquí sola en la oscuridad?», pensó. ¡El mayor miedo que había sentido en la vida empezaba a apoderarse de ella!

De repente un pensamiento se le cruzó por la cabeza, y recordó algo que le habían enseñado que decía la Biblia: ¡que Jesús, el Hijo de Dios, la quería mucho, y que siempre la ayudaría! Ahí mismo, arrodillada en la hierba, cerró los ojos y se puso a rezar en voz alta:

—Jesús, ¡perdóname por haber desobedecido y haberme alejado sola. ¡Con todos los animales y peligros que debe de haber en el bosque, te ruego que me cuides para que no me pase nada! ¡Ayúdame a encontrar el camino de vuelta para reunirme otra vez con Quique y con papá y mamá!

Se sintió mucho más tranquila, pues sabía que Jesús había escuchado su oración. Se incorporó, recorrió el lugar con la mirada y entendió que debía echar a andar en determinada dirección. Era como si alguien la estuviera llamando y orientando. Le vinieron a la cabeza algunas frases de la Biblia que había oído muchas veces: «El Señor es mi Pastor... me guiará por buen camino... y no temeré mal alguno» (Salmo 23).

Momentos después se encontró fuera del bosque, nuevamente en la ribera opuesta del lago. Frente a ella, apareció Quique, que desde el otro lado del agua le gritó:

—¡Anita! ¡Te he buscado por todas partes!

—¡Me había perdido, Quique! —le respondió—. ¡Qué alegría verte de nuevo! Pero ¿cómo hago para volver a la parte del lago donde estás tú?

—¡Mira! —le respondió Quique, señalando hacia un estrecho sector del lago de donde salía un arroyuelo—. ¡Cruza por ese puentecito!

Anita corrió hacia el puente, ¡pero al llegar, descubrió que era muy viejo y estaba roto!

—¿Qué hago, Quique? ¡Parece peligroso! ¡Y tiene un hueco grande en la mitad!

En eso volvió a acordarse de Jesús y de que Él la había ayudado a llegar hasta el lago. Hizo, pues, una nueva oración, esta vez en silencio: «Querido Jesús, ayúdame otra vez, para que pueda cruzar sin peligro por este puente destartalado».

Y empezó a caminar por el puente, pero ya sin miedo, porque tenía la clara sensación de que dos manos invisibles la sostenían! En el otro extremo la esperaba Quique, que le extendió las manos para sostenerla.

—¡Quique! —exclamó—. Perdóname por haberme alejado tanto. ¡Qué alegría estar otra vez contigo! Tengo que contarte todo lo que pasó cuando me puse a rezar.

*  *  *

En la lámina aparece una hermosa muchacha con alas que ayuda a Anita a cruzar el puente. ¡Es su ángel de la guarda, que es invisible, pero siempre la acompaña! En cuanto Anita se detuvo para pedirle a Jesús que la ayudara, sintió una paz y serenidad muy grandes, y enseguida logró salir del bosque. ¡Fue gracias al consuelo y la guía que Jesús le brindó por intermedio de esa maravillosa guardiana y protectora!

Dice la Biblia que todos los hijos de Dios tienen ángeles de la guarda, ¡espíritus celestiales cuya tarea es protegerlos! Se les llama ángeles de la guarda o ángeles custodios porque eso es lo que hacen: ¡guardar y dar amparo!

Los ángeles de Dios nunca duermen ni se alejan de nosotros. Nos cuidan de día y de noche. Están siempre con nosotros para guiarnos y ayudarnos a tomar buenas decisiones, aunque sin obligarnos, ya que Dios casi siempre nos deja elegir lo que queremos hacer. Claro que cuando elegimos mal —como Anita, que desobedeció a sus padres, se alejó y se puso a jugar muy cerca del lago—, muchas veces nos metemos en líos. En esos casos la culpa es nuestra y nos pasa lo que le pasó a ella. Pero apenas pidió a Jesús que la perdonara y la ayudara, Él la salvó del apuro por medio de su ángel custodio.

También tú puedes tener un ángel de la guarda que te cuide con amor y vele por ti, un maravilloso ser que nunca se separe de ti. ¡Esta es tu oportunidad! ¡No tienes más que pedir a Jesús que venga a tu corazón, y Él y Sus ángeles te cuidarán con amor toda la vida!

Jesús entrará en tu corazón en este mismo instante si haces esta sencilla oración:

«Jesús, creo sinceramente que eres el Hijo de Dios, que moriste por mí y que ahora vives otra vez. Por favor, perdóname por todas las veces que me he portado mal y todas las cosas malas que he hecho. Te abro la puerta de mi corazón y te ruego que entres en mí y me des Tu regalo, la vida eterna, para poder ir al Cielo. También te pido que me des un ángel de la guarda, un ser celestial que esté siempre conmigo. Amén.»

¡Que Dios te bendiga! Te queremos mucho y nos encantará enviarte otros lindos posters a color. Escríbenos hoy mismo a la siguiente dirección:

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