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Las
Escrituras:
Creemos que la Santa Biblia es la Palabra de Dios, recibida por inspiración de nuestro Creador para que fuera «lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino» (Salmo 119:105). Sostenemos que las Escrituras son revelación sagrada, transmitida a santos hombres de la Antigüedad que hablaron movidos por el Espíritu Santo y que Dios dispuso que aquellos escritos fuesen el patrón de nuestra fe y la guía de nuestro culto y actividades religiosas. Fieles a esta verdad, que «toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16)1, nos esforzamos por estudiarla, aprenderla de memoria y obedecerla. Conociendo sus principios y adhiriéndonos a sus dogmas crecemos en fe, sabiduría y fortaleza espiritual. La Palabra de Dios tal como está revelada en la Santa Biblia es el fundamento y piedra angular de todas nuestras creencias y modo de vida. Es el pilar de nuestra fortaleza y alimento espirituales. Sus principios constituyen la esencia de la educación que impartimos a nuestros hijos y su verdad la base del testimonio que damos a los demás.
• Mateo 24:35; Romanos 15:4; Juan 8:31,32; 1 Juan 2:5; Romanos 10:17; Salmo 119:99,100; Jeremías 15:16; 2 Timoteo 2:15; 3:15; 4:2; Juan 1:1,14
Dios y la Trinidad:
Afirmamos nuestra creencia en el único Dios verdadero y eterno, el todopoderoso, omnisciente, omnipresente e invisible Espíritu de amor, creador y supremo rector del universo y de todo lo que hay en él. Creemos en la Trinidad, en la existencia de tres Personas distintas pero inseparables: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
• Isaías 43:10,11; Juan 4:24; 1 Timoteo 1:17; 1 Juan 4:8; 5:7
La
Creación:
Aceptamos el relato bíblico de la creación, tal como figura en el libro del Génesis; es decir, que el cielo y la tierra los creó Dios, no surgieron a partir del caos. Consideramos que debe tomarse al pie de la letra y no como una alegoría o simbolismo. También creemos que en el sexto día de la creación Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza. Creó a Adán del polvo de la tierra y sopló en él aliento de vida. Luego, en el mismo día, creó a Eva a partir de una costilla de Adán. Así el hombre llegó a convertirse en ser viviente, por creación divina, no por evolución fortuita. Profesamos también que la creación visible de Dios constituye un claro testimonio de Su existencia invisible. Dado que somos Sus criaturas, Dios merece nuestro agradecimiento, veneración y obediencia.
• Génesis 1:1; Romanos 1:20; Salmo 33:6-9; Jeremías 32:17
La
caída del hombre:
Entendemos que el hombre fue creado inocente por su Hacedor, pero que, tentado por Satanás, pecó voluntariamente y cayó, perdiendo así su estado de felicidad y pureza. Como consecuencia, todos los hombres son ahora pecadores y totalmente incapaces de alcanzar la justicia sin el poder salvífico de Jesucristo.
• Génesis, capítulo 3; Romanos 5:12-21
Jesucristo,
el Hijo de Dios:
Creemos en la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, concebido y engendrado milagrosamente por la Virgen María. Profesamos que se mantuvo sin mancha toda Su vida y que mediante Su muerte hizo expiación de todos los pecados del mundo: el sacrificio del Justo que muere por los injustos. Consideramos que hace de mediador entre Dios y los hombres, y que se entregó a Sí mismo como único redentor de los pecadores. Creemos en Su resurrección física y en Su ascensión en cuerpo al Cielo, en Su perpetua intercesión por Su pueblo y en Su inminente regreso al mundo, en persona y de forma visible, con poder y gran gloria, para establecer Su Reino y posteriormente juzgar a los vivos y a los muertos.
• 1 Timoteo 3:16; Filipenses 2:5-11; Hebreos 4:14,15; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24,25; Romanos 1:3,4; Mateo 28:18; Hechos 1:9-11
El
camino de la Salvación:
Creemos que todos los hombres por naturaleza son pecadores, pero que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Consideramos, pues, que todo el que acepta personalmente el perdón de los pecados por medio de Jesucristo, lo obtiene, se reconcilia con Dios y vive para siempre en Su presencia.
Sostenemos que la salvación de la humanidad es íntegramente por gracia, un obsequio por el que Dios nos manifiesta Su amor, misericordia y perdón. Se obtiene gracias a Jesucristo, el Hijo de Dios, que en Su amor infinito por los perdidos aceptó la voluntad de Su Padre y se convirtió en el Cordero inmolado, provisto por Dios, el único capaz de librarnos de nuestros pecados. (Efesios 2:8,9; Tito 3:5) La salvación sólo se puede obtener por medio de Jesucristo. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5).
Nos salvamos al creer en Jesucristo y aceptarlo en nuestro corazón, como parte íntima de nuestra vida. Así nos regeneramos espiritualmente, nacemos de nuevo. «A todos los que [...] recibieron [a Jesús], a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).
Una vez salvado, el creyente permanece salvo para siempre. Creemos que es privilegio de todos los que vuelven a nacer del Espíritu por medio de la fe en Cristo tener la plena certeza de su salvación desde el mismo día en que aceptan a Jesucristo como Salvador. Así como el creyente se salva por gracia, se mantiene también salvo por esa misma gracia: «Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación» (1 Pedro 1:5). «Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano» (Juan 10:28).
• Romanos 3:23; 6:23; 3:10; 1 Juan 1:8; Hechos 4:12; 1 Juan 5:12
El
Espíritu Santo:
Estimamos que el Espíritu Santo vino del Padre para impartir inspiración y enseñanza, y revestir de poder a los creyentes para la misión que Dios les ha encomendado. Estos reciben una medida del Espíritu Santo al aceptar a Jesús, pero pueden llenarse de él hasta rebosar cuando deciden consagrarse más plenamente al Señor. «Sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18).
También profesamos que el Espíritu Santo es la personificación del componente femenino y maternal de la Santa Trinidad, y por ende es como una madre que ama, nutre y consuela a los hijos de Dios nacidos de nuevo.
• Génesis 1:26,27; Proverbios 8:1,22-32; Juan 3:5-8; 14:15-18,26; 15:26; 16:7-11; Hechos 1:8
El
bautismo del Espíritu Santo:
Creemos que el bautismo —el acto de llenarse totalmente del Espíritu Santo— es una infusión de amor, «porque Dios es amor» (1 Juan 4:8). Todos los creyentes pueden acceder a él gratuitamente con solo pedírselo a Dios. Suele tener lugar luego de la bíblica imposición de manos por parte de otros creyentes. El propósito fundamental del bautismo del Espíritu Santo es investir de poder al creyente para que dé testimonio del Evangelio de Jesucristo. «Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos» (Hechos 1:8).
Otras facultades del Espíritu Santo son guiar al creyente a toda la verdad, consolarlo, recordarle todas las cosas que dijo Jesús, ayudarlo a orar y hacerle entender la Palabra de Dios.
• Lucas 11:9-13; Hechos 8:15-17; 1:8; Lucas 4:18; Gálatas 5:22,23; Juan14:16,26; Romanos 8:26,27
Los
dones del Espíritu:
Profesamos que es privilegio del bautizado en el Espíritu disfrutar de los dones enunciados en el capítulo 12 de la 1ª carta de Pablo a los Corintios. Creemos que Dios da a cada persona dones distintos según la labor que ésta realice y conforme al plan que tenga en concreto para ella. «Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:4,5,7). Sostenemos que el Padre celestial otorga gratuitamente todos estos dones a Sus hijos, sean hombres o mujeres, para que los aprovechen y los ejerciten libremente en la congregación, lo cual fortalece, anima y edifica al cuerpo de creyentes.
• Joel 2:28,29; Hechos 2:17,18; Mateo 7:11
Frutos
del Espíritu:
A nuestro entender los cristianos que están llenos del Espíritu Santo deben manifestar los frutos del Espíritu detallados en la Biblia: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22,23).
• Efesios 5:9; Santiago 3:17,18; Mateo 7:16-20
El don de profecía:
Consideramos que un don importante que Dios otorga a Sus hijos por medio del Espíritu Santo y que debería constituirse en parte activa de nuestro quehacer cotidiano y servicio a Dios es el de profecía. Cuando reconocemos al Señor y le pedimos que guíe nuestros pasos, sin apoyarnos en nuestra propia prudencia (Proverbios 3:5,6), Él nos imparte instrucción, nos ofrece guía y nos infunde aliento; es decir, establece un vínculo íntimo con cada uno de nosotros. «El que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación» (1 Corintios 14:3).
El don de profecía está a disposición de todos los seguidores de Cristo, al igual que cualquier otro don del Espíritu, los cuales Dios prometió verter con gran profusión. Está pronosticado en la Biblia que la profecía tendría un rol mayor en los postreros días4, la época en la que vivimos actualmente. «En los postreros días, dice Dios, derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hechos 2:17).
Ángeles:
Sostenemos que Dios creó una innumerable compañía de seres espirituales conocidos como ángeles —textualmente mensajeros—. Los ángeles son seres inmortales y poderosos a quienes el Señor ha encomendado que velen por los hombres, y muy particularmente que protejan y atiendan al pueblo de Dios. «¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?» (Hebreos 1:14). Si bien los ángeles suelen ser invisibles, pueden materializarse, adoptar forma humana y hasta andar entre los hombres sin que nos percatemos de ello. Por eso la Palabra de Dios dice: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hebreos 13:2).
• Salmo 34:7; 91:11,12; 2 Reyes 6:15-18; Génesis 19:1,2; Jueces 6:11-22; 13:2-21
Los
espíritus de los santos difuntos:
Creemos que, además de emplear a ángeles ministradores, Dios en ocasiones se vale de espíritus de santos difuntos para servir y comunicar mensajes a Su pueblo. Prueba bíblica de ello se encuentra en el pasaje en que los espíritus de los profetas Moisés y Elías se aparecieron a Jesús y dialogaron con Él en un monte, y en la descripción que hace el apóstol Juan en el Apocalipsis de la conversación que tuvo con un mensajero celestial enviado por Dios para revelarle los misterios del futuro: «Después que [...] hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: “Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios”» (Apocalipsis 22:8,9).
• Lucas 9:28-33; Apocalipsis 19:10; Hebreos 12:1,22-24
Satanás
y sus demonios:
Profesamos que uno de los arcángeles más poderosos, Lucifer, «hijo de la mañana» (Isaías 14:12), pecó de soberbia, envidia y ambición, lo que motivó su caída. De ahí que se convirtiera en Satanás [el Diablo], el enemigo infernal de toda justicia. Alrededor de un tercio de ángeles cayó también vilmente con él y se convirtieron en demonios, espíritus perversos, que ahora actúan como agentes y secuaces de Satanás en la ejecución de sus propósitos malignos y en terca oposición a Dios. Los espíritus malévolos de Satanás tienen poseída a mucha gente hoy en día y son en gran parte los culpables de la creciente ola de criminalidad y maldad que azota al mundo moderno. Sostenemos que Satanás es el enemigo declarado de Dios y de la humanidad, el impío «dios de este mundo» (2 Corintios 4:4, RVR 1995), pues se ha apoderado de él y es quien lo gobierna. En la batalla de Armagedón, tras la segunda venida de Cristo, será completamente derrotado (Apocalipsis 20:1-3).
• Isaías 14:12-15; 1 Pedro 5:8; Apocalipsis 12:7-9; Ezequiel 28:11-19
La
guerra espiritual:
Es nuestra creencia que actualmente se libra una implacable guerra espiritual. Nuestros esfuerzos y empeño por obedecer los mandatos de Dios y por predicar el glorioso Evangelio de Jesucristo a tantos como podamos, a fin de «abrir sus ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18), se ven estorbados por nuestro adversario el Diablo, que hace todo lo que puede por frustrarlos. «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12, RVR 1995). Por tanto, los soldados del ejército del Señor deben «vestirse de toda la armadura de Dios» (Efesios 6:11) y aprender a manejar con destreza las poderosas armas espirituales que Él nos ha confiado, en particular «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Efesios 6:17) y las «llaves del reino» (Mateo 16:19). Confiamos en que la victoria es nuestra, porque la Palabra de Dios promete: «Mayor es el que está en vosotros [Jesús] que el que está en el mundo [el Diablo]» (1 Juan 4:4).
La
oración:
Consideramos que la oración es el lazo vital de comunicación entre cada hijo de Dios y su Padre celestial. Lejos de ser un mero rito o forma de culto, es el medio por el que disfrutamos de comunión personal con el Señor. Mediante la oración declaramos nuestro amor a Dios, nuestra dependencia de Él, nuestra sumisión a Él y nuestro deseo de colaborar con Él para realizar Su voluntad. A todos los miembros de nuestras comunidades se les alienta a dedicar tiempo cada día a orar en privado, así como a participar en plegarias en grupo con otros integrantes de su comunidad. Dios nos promete en Su Palabra que escucha la oración y bendice a los que lo buscan con diligencia. De ahí «la necesidad de orar siempre» (Lucas 18:1).
• Jeremías 33:3; 1 Tesalonicenses 5:17; Hebreos 11:6; Santiago 5:16; 1 Samuel 12:23; 1 Crónicas 16:11; Efesios 6:18
El poder curativo de Dios:
Creemos que una parte importante del ministerio público de nuestro Señor cuando estuvo en este mundo y atendía personalmente a la gente consistió en curar a los enfermos y dolientes. Teniendo en cuenta que «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8), es lógico que aún desee devolverles la salud a los enfermos que acuden a Él con fe. Por medio de los padecimientos de Cristo en la cruz, Dios nos ofrece no sólo salvación para el alma, sino también alivio de las dolencias físicas: «Por Sus llagas [las heridas que sufrió cuando fue azotado] fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5, RVR 1995). Todo creyente puede beneficiarse de la curación divina.
Consideramos que la sanidad que nos ofrece Dios es una gran bendición para quienes procuran acceder a ella haciendo uso de su fe. Sin embargo, no censuramos ni ponemos trabas a quienes acuden a médicos. En la disyuntiva de depender exclusivamente de la oración para sanarse de una dolencia o además de ello recurrir a la medicina, aplicamos el criterio que señala la Escritura: «Conforme a vuestra fe os sea hecho» (Mateo 9:29).
• Mateo 4:23,24; 10:1; Marcos 16:17,18; 1 Pedro 2:24; Mateo 8:16,17, Salmo 103:3
La
comunidad de creyentes:
Entendemos que de la confraternidad con otros creyentes que comparten nuestra fe se derivan grandes beneficios espirituales. Por consiguiente, no solo alentamos a los miembros de nuestras comunidades a dedicar tiempo en privado a la oración y a la lectura y estudio personal de las Escrituras, sino también a orar y leer la Palabra de Dios con otras personas, y a participar a diario en reuniones de carácter espiritual y otras actividades grupales. La Escritura nos exhorta a «no dejar de congregarnos» (Hebreos 10:25), por lo que procuramos imitar el ejemplo de los primeros cristianos, que «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42).
• Hechos 2:46; 1 Juan 1:3,7a
La
eucaristía o comunión:
Creemos que Cristo instituyó la comunión para que conmemorásemos Su muerte en la cruz por nuestros pecados. Participar de las especies sacramentales (el pan y el vino) es una profesión de fe para el creyente. La comunión es una sencilla ceremonia en que un grupo de fieles toma el pan, que es partido así como el cuerpo de Jesús fue quebrado para la sanidad de nuestro cuerpo; y el vino, que representa la sangre de Cristo, derramada para remisión de nuestros pecados. Las Escrituras encargan a los creyentes que comulguen con regularidad —por lo general cada semana— hasta que Cristo vuelva. Todos los que gozan, pues, de comunión espiritual con Él tienen el privilegio de conmemorar el sacrificio que hizo en el Calvario, «hasta que Él venga» (1 Corintios 11:26).
• Mateo 26:26-28; Juan 6:51; 1 Corintios 11:23-30
La
Iglesia:
Sostenemos que la Iglesia es el conjunto de creyentes. También se la denomina «el cuerpo de Cristo» o «la esposa de Cristo». Por lo tanto no es una simple institución u organización eclesiástica, y menos un templo o lugar de culto. «El Altísimo no habita en templos hechos de mano» (Hechos 7:48). «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1 Pedro 2:5). «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren» (Juan 4:24). Creemos que la Iglesia es una entidad espiritual compuesta de todas las personas nacidas de nuevo, independientemente de su afiliación a una u otra confesión cristiana.
• Efesios 1:22,23; 2:19-22; 1 Corintios 12:12-14
La
gran misión:
Creemos que nuestro Señor ha encomendado a Su Iglesia la gran misión de evangelizar el mundo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Para nosotros, el objetivo principal de todo verdadero cristiano debe ser dar a conocer al mundo el amor de Cristo y procurar ganar a otras personas para el reino celestial de Dios. Da igual que el creyente haya sido ordenado o no ministro del Evangelio por una confesión o institución cristiana con todas las formalidades del caso, pues creemos que Dios manda a todo cristiano predicar Su Evangelio y convertir a otras personas a Cristo, a fin de llevar fruto eterno para el Reino. «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto» (Juan 15:16).
• Mateo 28:19,20; Hechos 1:8; 2 Timoteo 4:2; 1 Pedro 3:15; Proverbios 14:25; Hechos 26:18; 1 Corintios 9:16
Consagración
a Dios:
La vida del cristiano debiera —estar consagrada al Señor, es decir, debemos presentar «nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional» (Romanos 12:1), a fin de que Él pueda producir en nosotros «tanto el querer como el hacer, por Su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Siendo nuestros cuerpos propiedad del Señor, templos en los que mora Su Espíritu Santo, no creemos que esté bien abusar de ellos con drogas prohibidas, alcohol, tabaco y otras sustancias perjudiciales. «No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16). «Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:20).
Separación
del mundo:
Consideramos que los cristianos han sido llamados por Dios a «no [conformarse] a este mundo, sino [a transformarse] por medio de la renovación de [su] entendimiento» (Romanos 12:2, RVR 1995). Nos adherimos también a la amonestación bíblica que dice: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo» (1 Juan 2:15). Entendemos por esto que el creyente no sólo debe evitar los usos y costumbres del mundo que se opongan a los principios cristianos, sino también no contemporizar con posturas y mentalidades que no se ajusten a lo que enseñan las Escrituras.
De todos modos, si bien en la Biblia se ordena al pueblo de Dios «salir de en medio de [los incrédulos] y apartarse» (2 Corintios 6:17), no nos parece que dicha separación de los creyentes deba ser obstáculo para comunicar el Evangelio a personas de cualquier estrato social a quienes no les haya sido anunciado, siguiendo así el ejemplo de Aquel que vino a este mundo a «buscar y salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).
Discipulado:
Consideramos que para un creyente constituye un gran honor responder al llamado de Cristo para seguirle en calidad de discípulo5 plenamente dedicado. También creemos que dicha vocación de entrega total a Jesús continúa siendo esencialmente la misma desde la época en que Él llamó a los pescadores de las costas del mar de Galilea diciendo: «Venid en pos de Mí, y os haré pescadores de hombres» (Mateo 4:19).
De acuerdo con las Sagradas Escrituras, estamos convencidos de que tal grado de discipulado significa comprometerse de por vida a ganar a otros a la causa de Cristo y a instruirlos y prepararlos para que sigan Sus pasos y se conviertan en Sus discípulos. «Id, y haced discípulos a todas las naciones [...], enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19,20). «En esto es glorificado Mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así Mis discípulos» (Juan 15:8).
Ser discípulo con plena dedicación también conlleva desistir del afán de obtener riquezas materiales y de cualquier otra ambición o empresa mundana y materialista. «Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado» (2 Timoteo 2:4). Cristo enunció claramente las rigurosas condiciones que debe cumplir el discípulo cuando dijo: «Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser Mi discípulo» (Lucas 14:33).
• Mateo 6:19-34; Marcos 10:21; Hebreos 11:13; Lucas 16:13
Vida
en comunidades:
Sostenemos que la descripción que hace el Nuevo Testamento del estilo de vida de la Iglesia primitiva no sólo tiene valor histórico, sino que constituye el patrón y modelo que Dios estableció para las sucesivas generaciones de creyentes. El modo de vida altruista y cooperativo de la primera Iglesia, en la cual «todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas» (Hechos 2:44), resultó sumamente beneficioso para el incipiente movimiento cristiano desde el punto de vista práctico y económico. Existe, sin embargo, un aspecto aún más importante que no debe pasarse por alto y es que dicho estilo de vida promovió entre los primeros discípulos una íntima comunión y unidad de espíritu que era fuente de apoyo, compañerismo, aliento y refugio espirituales. Constituía un ejemplo para los no creyentes de que los seguidores de Jesús podían convivir en armonía y colaboración. Una demostración más del amor que se profesaban. Hoy en día nosotros hemos comprobado igualmente que la vida cooperativa, en comunidades, tiene muchas ventajas, ya en el aspecto práctico, ya en el espiritual, pues favorece la consecución de nuestra meta, consistente en llevar el Evangelio de Cristo a cuantas personas podamos.
• Marcos 10:29,30; Hechos 2:44,45; 4:34,35; Salmo 133:1
El matrimonio y los niños:
Tenemos por principio que Dios creó y ordenó la unión matrimonial entre el hombre y la mujer y que ésta constituye la relación ideal para criar hijos y formar familias estables.
También creemos que los niños que Dios nos confía son un magnífico regalo con el que Él nos bendice, pues «herencia del Señor son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Salmo 127:3). Por consiguiente, estamos convencidos de que sus necesidades físicas, emocionales, sicológicas y espirituales deben ser satisfechas de manera amplia y eficaz, y por personas competentes. Consideramos que el cuidado de los pequeñines que Dios nos ha dado es obligación esencial y componente fundamental de nuestra vida cotidiana y de nuestro servicio a Dios, por lo cual se exhorta a todos los miembros de nuestras comunidades a hacer todo lo posible para que sus hijos se desarrollen en un ambiente sano y seguro, donde primen el amor y la armonía con Dios.
El apóstol Juan expresó perfectamente el sentimiento que todo padre o madre cristiano debería albergar con respecto a los niños: «No tengo mayor gozo que escuchar que mis hijos andan en la verdad» (3 Juan 4). Por ese motivo, procuramos impartir a nuestros hijos una profunda reverencia, respeto y amor a Dios y a Su Palabra y a los sagrados principios que contiene, criándolos «en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4).
• Salmo 127:3-5; 2 Timoteo 3:15; Proverbios 22:6; Deuteronomio 6:6,7; Salmo 34:11; 1 Samuel 1:28
El valor sagrado de la vida:
Consideramos que la vida humana es sagrada y que toda persona tiene derecho a que se la trate como individuo creado a imagen de Dios. Creemos que los cristianos tenemos el deber de amar al prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:31), compartiendo la nueva del amor de Dios y la salvación de la humanidad, independientemente de cuál sea su raza, género, color, credo, nacionalidad, afiliación religiosa o estatus social. Se nos exhorta a amar y respetar a los demás sin parcialidad (1 Timoteo 5:21). Nos oponemos a la violencia y a todo acto motivado por prejuicios.
Nos oponemos diametralmente al aborto. La Biblia deja bien claro que para Dios la criatura que la madre lleva en el vientre es un ser humano, con personalidad propia, no sólo una masa de tejido fetal. El Señor dijo al profeta Jeremías: «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (Jeremías 1:5). La embriología moderna prueba irrefutablemente que la vida humana comienza en el momento de la concepción, lo cual significa que el niño, durante su desarrollo prenatal, merece toda la protección y defensa de que goza cualquier otro ser humano.
A nuestro entender, ni el suicidio ni la eutanasia son aceptables a los ojos de Dios. Sostenemos que la vida es un valioso don divino, y por ser Dios el único dador de vida, es asimismo el único facultado para quitarla.
• Génesis 1:27; 2:7; Salmo 139:14-16; Jeremías 2:34,35; Hechos 7:19
Los
gobiernos civiles y la libertad religiosa:
Si bien profesamos ser «extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Hebreos 11:13), aceptamos el precepto bíblico según el cual las autoridades gubernativas están establecidas por Dios para beneficio y para la buena marcha de la sociedad: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana» (1 Pedro 2:13). «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas» (Romanos 13:1).
La única excepción es en lo tocante a la fe, cuando la obediencia a una ley humana llevaría a desobedecer la ley de Dios. Jesucristo es Rey de reyes y Señor de señores; y en los casos en que las leyes o normas de los hombres contradicen nuestra fe —o atentan contra el deber que tenemos de dar testimonio de esa fe—, adoptamos la misma postura que los apóstoles: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29).
• Romanos 12:18; 13:1-7; 1 Pedro 2:17; Mateo 22:21; Proverbios 8:15,16; Apocalipsis 19:16
La ley del amor:
Creemos que la ley del amor enunciada por Jesús en Mateo 22:35-40 debería regir cada aspecto de la vida de un cristiano. «[Un] intérprete de la ley preguntó por tentarle [...]: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”». Volvió a expresar lo mismo con Su famosa regla de oro. «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas» (Mateo 7:12).
Por lo tanto, creemos que si los actos de una persona son motivados por un amor desprendido y sacrificado —el amor de Dios por nuestros semejantes—, y no tienen ninguna intención de lastimar a los demás, tales actos se ajustan a las Escrituras y por lo tanto son aceptables para Dios. «El fruto del Espíritu es amor [...]; contra [tal] no hay ley» (Gálatas 5:22,23).
También consideramos que la ley del amor lleva implícito el cumplimiento final de la ley bíblica, incluidos los Diez Mandamientos, ya que por su propia naturaleza cumple el espíritu de la ley mosaica. El apóstol Pablo lo constató al afirmar: «Toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gálatas 5: 14). Así pues, creemos que por medio de la salvación y de la ley del amor los cristianos son liberados de observar los cientos de reglas contenidas en la ley mosaica del Antiguo Testamento. No obstante, están sujetos a una ley más exigente, la del amor, la cual debería regir todas sus relaciones con los demás.
La esposa de Cristo:
S lo largo de la Biblia se hace evidente que la relación entre Dios y Su pueblo y entre Cristo y Su Iglesia se asemeja a la de un esposo con su desposada. La Escritura dice: «Tu marido es tu Hacedor; el Señor de los ejércitos es Su nombre» (Isaías 54:5). «Ustedes [han quedado libres] para pertenecer a otro esposo [Jesús]. Ahora son de Cristo, de aquel que resucitó. De este modo, nuestra vida será útil delante de Dios» (Romanos 7:4, Dios Habla Hoy).
Esta metáfora marital se emplea con frecuencia en la Biblia para describir el estrecho vínculo espiritual entre Cristo y Su pueblo, y la intensidad de la amorosa unión de corazón, mente y espíritu que conlleva. El Apocalipsis compara la reunión de Cristo con Su Iglesia en el Cielo con Su matrimonio: «Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas» (Apocalipsis 19:9). A nuestro entender, según la Escritura los seguidores de Jesús constituyen Su esposa, llamados a amarlo y servirlo con el fervor propio de una esposa. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). El Señor ha prometido desposarnos a Él para siempre (Oseas 2:19,20).
El Tiempo del Fin:
A nuestro juicio, actualmente vivimos en la época que la Escritura define como los «postreros días» o el «Tiempo del Fin,» es decir, la época inmediatamente anterior a la segunda venida de Jesús, momento en que «los reinos del mundo [vendrán] a ser de nuestro Señor y de Su Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 11:15).
A continuación hacemos un breve análisis de nuestra interpretación de las profecías bíblicas, producto de un cuidadoso estudio de las Escrituras. Puede que algunos detalles no se materialicen tal como prevemos ahora, pero esperamos ir entendiéndolos mejor conforme se acerque el tiempo de su cumplimiento.
a. Señales de los tiempos: En esta generación se han cumplido muchas profecías bíblicas y señales de los tiempos que aluden específicamente a las condiciones imperantes en el mundo con anterioridad a la segunda venida de Cristo, lo cual confirma que en efecto vivimos en los postreros días. «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre» (Mateo 24:37). «Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados» (2 Timoteo 3:13).
• Mateo 16:3; 24:todo; 2 Timoteo 3:1-7
b. El Anticristo: Siete años antes que regrese Jesús, un poderoso dirigente mundial al que la Biblia se refiere con diversos apelativos —«la bestia», «el hombre de pecado», «el hijo de perdición», «el Anticristo»— subirá al poder y adquirirá el ascendiente necesario para confirmar un tratado de paz (Daniel 9:27) que probablemente incluya un acuerdo religioso o político en torno a la ciudad de Jerusalén. De esta forma se resolverá un importante conflicto que afecta a israelíes y palestinos, así como a los cristianos, judíos y musulmanes de todo el mundo. A consecuencia de la ratificación de este pacto, muy probablemente se internacionalizará Jerusalén y se reconstruirá el templo judío en dicha ciudad.
• 1 Juan 2:18; 2 Tesalonicenses 2:1-4,9; Apocalipsis 13:4,7
c. La Gran Tribulación: Pasados tres años y medio de esta iniciativa de paz, el Anticristo, poseído por Satanás, romperá el pacto, abolirá los cultos que se oficien en el templo judío, se declarará Dios único y exigirá que todo el mundo lo venere. En ese momento se instaurará un sistema de crédito universal, por el cual nadie podrá comprar ni vender legalmente artículos de primera necesidad sin ser portador, en la mano derecha o en la frente, de la marca o número de ese demagogo, la llamada «marca de la bestia». Estos acontecimientos sumirán al mundo entero en un período de caos social y persecución religiosa nunca vistos, que la Biblia llama «Gran Tribulación» (Mateo 24:21).
A pesar de que el opresivo régimen anticristo desatará su furia demoníaca contra la Iglesia, incontables cristianos escaparán de los violentos ataques de la bestia y predicarán valerosamente el Evangelio de la salvación hasta la venida del Señor. Un gran número de adeptos a otras religiones también se rebelarán contra este régimen mundial. Creemos firmemente que los cristianos nacidos de nuevo permanecerán en la Tierra durante dicho período de gran tribulación.
Por lo tanto, es deber de todo cristiano prepararse tanto espiritual como físicamente para esos tiempos catastróficos. Jesús especificó que regresaría después de la Gran Tribulación —no antes— a fin de reunirse con Su pueblo. Dijo: «Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria» (Mateo 24:29,30).
• Mateo 24:15-31; Lucas
21:25-28; Daniel 11:31-35; 7:21,25; Apocalipsis 11:3-6; 13:7; 12:11; Daniel 9:27; 2 Tesalonicenses 2:4
d. La segunda venida de Cristo: Los tres años y medio de Gran Tribulación terminarán espectacularmente con el retorno de Jesucristo a la Tierra. Todos los creyentes que hayan nacido de nuevo serán rescatados de sus crueles perseguidores de forma sobrenatural. Este suceso se denomina el Arrebatamiento, milagro por el cual los creyentes verán su cuerpo gloriosamente transformado en uno parecido al que tenía Jesús después de resucitar y ascenderán para reunirse con el Señor en el aire.
En ese mismo momento, los fallecidos de todos los tiempos que hayan sido salvos, cuyos espíritus hayan estado con el Señor en el Cielo, recibirán un cuerpo nuevo, glorioso, resucitado.
• 1 Tesalonicenses 4:16,17; Mateo 24:29,30; Apocalipsis 1:7; 1 Corintios 15:51,52; Filipenses 3:20,21
e. La cena de las bodas, la ira de Dios y la batalla de Armagedón: Después de resucitar y ser arrebatados, los salvos tomarán parte en la espléndida «cena de las bodas del Cordero», que se celebrará en el Cielo, y se presentarán ante el Tribunal de Cristo para recibir los galardones que les correspondan por los servicios prestados en la Tierra. Entretanto, los ángeles ejecutores de los castigos de Dios harán caer Sus plagas y Su ira sobre el Anticristo y sus seguidores, lo que culminará en la batalla de Armagedón, cuando Jesús y las huestes celestiales retornarán para derrotar y aniquilar al satánico Anticristo y sus siniestras hordas.
• Apocalipsis 7:9,13-17; capítulo 19; 2 Corintios 5:10; Daniel 12:2,3; Apocalipsis 14:9,10; 16:1-21
f. El reino milenario de Cristo: Entonces Cristo y Sus fuerzas celestiales victoriosas ocuparán el mundo en toda su extensión y asumirán un dominio total. Gobernarán y reinarán sobre los que hayan sobrevivido a las plagas de Dios y al Armagedón, estableciendo el reino de Dios en la Tierra. Por fin prevalecerán la justicia, la equidad y la verdadera integridad; Satanás será aprisionado en un abismo sin fondo; las crueles e insensatas guerras de los hombres cesarán y la Tierra volverá al estado paradisíaco que tuvo en principio. Este período durará mil años y por eso recibe el nombre de Milenio.
• Daniel 2:44; Apocalipsis
20:1-4,6; 5:10; Isaías 2:2-4; 11:6-9; Salmo 46:9; Jeremías 31:34
g. La batalla de Gog y Magog, Cielo nuevo y Tierra nueva: Al terminar esos mil años, se soltará a Satanás de su prisión «por un poco de tiempo» (Apocalipsis 20:3,7) para que engañe a los sobrevivientes del Armagedón que se hayan negado a someterse voluntariamente al señorío de Cristo y Su reinado de justicia. Estos rebeldes impenitentes seguirán una vez más a Satanás y protagonizarán una inútil insurrección que culminará con otro cataclismo: la batalla de Gog y Magog, en la que Dios arrojará sobre ellos un diluvio de fuego. Tan violenta y global será esta conflagración que toda la superficie del planeta se derretirá, los mares se evaporarán y la atmósfera desaparecerá (2 Pedro 3:10). Entonces Dios volverá a crear la superficie del planeta y formará la hermosísima Tierra Nueva, que habrá sido purificada y tendrá una atmósfera virgen, libre de contaminación.
• Apocalipsis 20:7-9; 2 Pedro
3:10-13; Isaías 40:4
h. El juicio ante el gran trono blanco: Los muertos de toda la Historia que no se hayan salvado resucitarán entonces para presentarse ante Dios en el impresionante juicio ante el gran trono blanco, descrito en el libro del Apocalipsis de la siguiente forma: «Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él [...]. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego» (Apocalipsis 20:11,12,15).
i. La Nueva Jerusalén: Entonces, como para coronar la paradisíaca Tierra Nueva con una joya deslumbrante, descenderá de lo alto la maravillosa Ciudad Celestial de Dios, la Nueva Jerusalén. Esta enorme ciudad de 2400 kilómetros de altura y de forma piramidal —«el monte de la casa del Señor» (Hebreos 12:22; Isaías 2:2; Miqueas 4:1)—, cuya base será un cuadrado de 2400 kilómetros de lado, se convertirá en el tan esperado hogar eterno, glorioso y sobrenatural de todos los hijos de Dios salvados. Allí por fin «el tabernáculo de Dios [estará] con los hombres, y Él morará con ellos, y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:3,4).
• Apocalipsis capítulos 21 y 22
(La declaración Credo de La Familia Internacional se publicó por primera vez en abril de 1992 y se actualizó en septiembre de 2004.)
1 A menos que se indique otra cosa, los versículos de la Biblia que se citan se han tomado de la versión Reina-Valera, revisión de 1960.
2 Las referencias bíblicas que aparecen después de cada sección corresponden a versículos complementarios sobre el tema tratado, mientras que las que están insertas en el texto aluden a versículos citados o que esclarecen el tema en cuestión.
3 Si bien creemos firmemente que un alma que Dios haya salvado y a la cual le haya concedido el don gratuito de la vida eterna no puede perderse, ello no es licencia para que el creyente peque adrede. Siendo Dios un Padre santo y justo que no puede pasar por alto los pecados de Sus hijos, Él castiga y corrige al creyente que persiste en pecar. El apóstol Pablo lo explica así: «El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo [...]; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?» (Hebreos 12:6,7).
4 El término postreros días se refiere a un período de tiempo, al final de la Historia tal como la concebimos actualmente, en el que Dios culminará Su redención de este mundo perdido. También se conoce como el Tiempo del Fin.
5 El término discípulo se define como: «Persona que sigue o defiende las enseñanzas de una escuela o de un maestro y contribuye a la difusión de las mismas». Si bien los Evangelios exponen la ejemplaridad de la vida de Jesús y Sus 12 discípulos más cercanos, que renunciaron a toda aspiración de orden terrenal, admitimos que existen diversos grados de adhesión a las enseñanzas de un maestro, los cuales deben ser reconocidos y valorados. Consideramos que el grado de consagración de una persona a Cristo depende de su fe y sus convicciones.
6 Los Estatutos del Amor describen los principios fundamentales, objetivos y creencias de nuestro movimiento y codifican su sistema de gobierno.
¿Qué es La Familia Internacional?
La Familia Internacional —conocida anteriormente como Los Niños o Hijos de Dios— es una agrupación de comunidades cristianas repartidas por más de 100 países. Actualmente la conforman unos 8.500 integrantes plenamente dedicados y 7.000 asociados.
La Familia se ha trazado cuatro objetivos cardinales:
1. Comunicar el vivificante mensaje de amor, esperanza y salvación contenido en las Sagradas Escrituras y la alegría de conocer a Jesús como Salvador.
2. Proporcionar a cada uno de nuestros hijos una educación cristiana en el mejor ambiente posible.
3. Crear y distribuir una amplia gama de productos para el desarrollo intelectual, moral y espiritual de las personas.
4. Prestar asistencia a los necesitados organizando representaciones dramáticas, conciertos y otros espectáculos con fines benéficos, colaborando como voluntarios en auxilio de los damnificados por catástrofes naturales, y buscando formas de consolar y proporcionar ayuda material a los menos favorecidos.
Si tiene usted preguntas o comentarios, no vacile en comunicarse con nosotros:
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